El mal DJ.

Podríamos estar de acuerdo en que los ciudadanos han logrado arrebatarle el oficio de narrar historias a los medios de comunicación y a los periodistas. Es así, siempre y cuando se asuma que un día cualquiera, una persona cualquiera, por un medio cualquiera –virtual, que es lo actual, lo fácil y lo eficaz–, puede proponer una historia, contarla con las narrativas más oportunas, hacerla llegar a muchos y generar reacciones o multiplicaciones al por mayor.

Pero vale pensar en eso de “narrar”. Particularmente no creo que haya sido con el internet y sus herramientas que los medios y los periodistas perdieron el lugar de las narraciones. Jamás ha habido tal lugar en la medida en que la narración no les pertenece ni les ha pertenecido con exclusividad. Cualquier expresión humana de memoria, de recordación, de figuración, hace posible una narración; y hace mucho tiempo que los abuelos narran historias, así como los chamanes y sacerdotes, los altavoces de pueblo y los libros.

No puede decirse entonces que a los medios les corresponde la narración de historias ni que son solo ellos los que se han abierto camino en esa labor; la narración periodística ha convivido siempre con los demás géneros narrativos que surgen de los múltiples lenguajes de ilación de acontecimientos, lenguajes que no solo preceden la incursión de la red y las tecnologías actuales, sino que además han llegado a generar mayor conmoción y movilización que los mediatizados por los medios clásicos.

Así pues, podría decirse que lo que esa ciudadanía –apropiada de internet y sus tecnologías– le arrebata a los medios, no es tanto la capacidad narrativa como el poder masivo y de amplia difusión. Los medios no perdieron espacio porque cualquier ciudadano haya empezado a narrar, o porque se haya vuelto un virtuoso en la narración, es más bien porque son múltiples narrativas –especialmente diferentes a las periodísticas– las que con internet han alcanzado un espectro masivo. Aunque Ómar Rincón está yendo hacia otro lugar, quizás lo anterior podría relacionarse con lo que señala al referir que internet es el lugar de los “bárbaros”. En nuestro caso, “bárbaro” sería ese lenguaje narrativo que no necesariamente corresponde a la esfera periodística, que cuenta historias desde esos lugares que se le escapan al periodismo mismo, que no puede con todas las historias ni a todas las alcanza.

Ahora bien, cambiar el foco sobre la pérdida de posición de los medios y de los periodistas, pasando de esa pérdida de cierta exclusividad narrativa a, mejor, la pérdida de la exclusividad en la masividad y la difusión de su modo de narración, ofrece una salida de lo que podría ser la respuesta al papel del periodista hoy y mañana.

Y es que el hecho de ser periodista –de serlo, de sentirse como uno–  pasa por contar las historias como periodista. Ahí allí una necesidad de pensar sobre la narrativa del periodismo. Pensar algo como que todos pueden contar historias, desde siempre y no solo ahora con internet, pero no todos pueden narrar como periodistas. Descubrir esa narrativa, acercarnos a ella es la respuesta a la labor.

Esa idea de lo “cool”, a lo que la narración del periodista debe apostarle, corre el riesgo de terminar siendo una abstracción que invisibiliza más de lo que muestra, en términos de resolver la pregunta de cuál es la narrativa que hace al periodista un periodista. Contar lo “cool” encarna una novedad, un poder de conmoción y de sobrecogimiento con otros, pero en últimas no distingue ni caracteriza; en últimas lo “cool” también es narrado por otros, incluso de mejor forma si lo que se busca es volverse vendedor y llamativo.

Para el periodista lo “cool” debe estar atravesado por otras dimensiones, quizás las mismas que desde lo más clásico se defienden –quizás porque lo más dogmático aún tiene sentido–. Además porque narrar historias como periodistas se refiere a no hacerlo de cualquier forma, a tener un estilo, una actitud, un no-sé-qué. El periodista cuenta historias increpando, discrepando, dudando, separándose de las corrientes, proponiendo, convenciendo; toma voces para rescatarlas, para hacer saber que están ahí; investiga para mostrar lo velado; cuenta verdades para que otros se identifiquen en ellas; se preocupa por la estética que usa, porque sabe que en ella misma está propuesta una ética. El periodista narra historia para… Eso lo hace periodista.

El periodista puede ser DJ, y puede hacer una narración de las muchas historias que reconstruye y ata. Pero no es un DJ cualquiera que mezcla cosas, ni siquiera es un DJ que le da sentido a la cadencia y los altibajos de los ritmos elegidos. El periodista es un DJ que quiere que al final, cuando las luces se prendan y la gente deje de bailar, haya algo digno de que los otros vean; algo que trasciende la fiesta. Por eso es un mal DJ: corre el riesgo de que el bailador recuerde los problemas que lo esperan en casa –y nadie acude al DJ para eso–, o, como el mal humorista, corre el riesgo de que él mismo termine explicando su chiste.

Digamos que el periodista, a diferencia de otros narradores de lo “cool”, es también parte de la consciencia del guayabo del otro día; y lo sabe. El periodista no es el DJ solamente de lo que divierte, de lo que entretiene, que da placer; en eso puede resultar el peor narrador de todos, viendo que existen los cineastas, los escritores, los directores de televisión, los músicos. En el fondo el periodista es también el DJ que incomoda, que preocupa, que deja espina, que nos da displacer en dulces cucharadas de su compota, que nos hace desempolvar las imágenes y los recuerdos más esquivos. No es solo el que logra captar la atención de las audiencias con floritura y colores, es el que lo hace aún contándonos lo que se cree insignificante o repulsivo.

Así que cualquiera puede contar historias, incluso hacerlo masivamente, pero hacerlo como periodista implica un acto, la toma de una opción entre otras. En ese espacio ético, en esa consciencia que va más allá de las técnicas o las tecnologías que puedan suponerse para la sobrevivencia del oficio, hay una oportunidad de vida para el periodista y la posibilidad de decir “yo soy yo, porque no narro como cualquiera”.

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One Comment on “El mal DJ.”

  1. Jimena says:

    Muy buena tu entrada, Camilo -buenísima la metáfora del mal DJ. En efecto, la intención de la narración y su objeto dos factores importantes que diferencian el relato periodístico de cualquier otro.


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