El imperio simbólico

En Occidente solemos ver los imperialismos llenos de carrotanques que amenazan, empresas que acaparan y gobernantes extranjeros que sonríen al tiempo que aprietan. Aprendimos a verlos así, quizás porque nos hicimos colonia en medio de revueltas militares y porque a nuestro lado, con el tiempo, surgió un gigante mundial en medio de sus guerras y conspiraciones.

Por eso a los imperialismos de Oriente nos demoramos en verlos. Siempre fueron cosa del futuro, que había que esperar porque seguían sin llegar –pero llegarían– y que solo podían contarse con pronósticos y adivinanzas. Pero no podíamos verlos porque no lográbamos figurarlos, y no hay cómo darle nombre a lo que no podemos representar. No contábamos con los elementos para entender lo que fue pasando con el tiempo y esperamos, como colonia paciente, a que nos fueran conquistando igual; y no, no pasó. Cuando despertamos el dinosaurio ya estaba allí, sin explosiones, sin guerras, de a poco. China compra un país, al comprar su deuda externa, sin alharaca, sin espectáculos, o compra los proyectos de mayor impacto en investigación y tecnología: al canal marítimo de Nicaragua, el dragado del río Magdalena en Colombia.

Lo que pasa es que los imperialismos nunca fueron del todo ni tan físicos ni tan militares, ni siquiera en Occidente; no fueron tan evidentes. A la fuerza material (a los ejércitos y a las jugadas económicas) se suma siempre una fuerza simbólica que en parte, de nuestro lado, estuvo encarnada por los medios de comunicación y Hollywood. Una fuerza más sutil, pero no menos poderosa, con la que se busca ocupar el lugar desde donde se le da nombre a las cosas y se le da una sentido a la historia.

Ahora bien, Al Jazeera no es más que el efecto, el instrumento, de una búsqueda imperial desde el mundo árabe. Se inscribe dentro de la fuerza simbólica de esta pretensión de imperio, quizás porque proviene de un sector árabe más amable con Occidente –como Catar–, que incluso comparte y se asocia con él, y que por lo mismo no espera enfrentarse con medios materiales como la guerra militar o la competencia económica directa. Es decir, Al Jazeera representa la pretensión de Oriente de ubicarse en el lugar simbólico que narra el mundo desde los nombres que quiere poner.

Ahora nos preocupa desde nuestro lugar colonial, porque sabemos ya del poder de hacerse con el orden simbólico del mundo, pero también porque Oriente, en su relación y provecho de Occidente, ha empezado a usar vías conocidas a las que tradicionalmente hemos visto como propias de este lado. A sus formas indetectables de dominación, que quizás pasan por su presencia milenaria en las lenguas europeas y en las ciencias modernas, los árabes han sumado las estrategias que aprendieron de este orilla del Atlántico y de este lado del Pacífico .

Lo anterior no quieren decir que lleguen a usarlas de la forma como se han aprovechado desde nuestra visión: reescribiendo episodios de la historia e imponiendo valores universales que enmascaran la dominación global. Con Al Jazeera America puede pensarse que están intentando, de manera abierta y evidente, que el propio imperio americano lea el mundo en sus claves, pero sorprende que por otro lado quieran acercarse a lugares como Latinoamérica –haciendo inversiones incomparables–, especialmente a sus poblaciones más vulnerables y marginales, para conseguir en ellas las historias que les contarán al mundo en sus palabras. Parece una apuesta de comunicación que en vez que enfrentarse de frente a los símbolos que han gobernado, espera hacer alianzas con regiones, tradicionalmente colonizadas, que puedan identificarse con las propuestas nuevas y terminen despegándose de las dominaciones actuales hasta dejarlas obsoletas.

Puede sospecharse que Al Jazeera quiere poner el foco en los peores retratos de Occidente (la desigualdad latinoamericana, la pobreza africana, la desesperanza europea), quizás para poner en entredicho la forma como se ha vivido, poner sobre la mesa que nuestros valores –en gran parte los propuestos por el imperio dominante– pueden no ser los que deban gobernar el mundo. De esa forma, desde allí, con apuestas narrativas propias, llenas de marcos estéticos y éticos renovados con incomparables niveles de recursos, podrán proponer sus nombres y sus historias, que en últimas son las mismas pero contadas desigual o desde otras voces. Pero bueno, es una hipótesis, quizás otra vez no estamos preparados para entender lo que se busca en este ánimo claro de imperio simbólico y discursivo. Lo cierto es que ya sabemos que están allí y están haciéndolo bien, al menos buscando los lenguajes que nos identifiquen como latinoamericanos y hasta valiéndose de nuestros propios reporteros. Al Jazeera es la imagen de otro imperio latente, que juega a hacer amable con los hegemonías actuales, y que juega a usar las estrategias simbólicas históricamente tradicionales, pero sin perder los movimientos incógnitos de imperio que aún parecen incomprensibles desde acá. Ya sospechamos que hacen pero no sabemos para dónde van.

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