La importancia de las buenas noticias

Imaginen que un instructor de natación, con la intención de evitar que sus alumnos se ahoguen, los pusiera a ver videos en los que se muestra cómo la gente se ahoga. “La idea”, diría él, “es mostrarles los errores para que no los repitan”. ¿Parece esta una buena estrategia o sería mejor mostrarles videos de personas que sí saben nadar en los que los alumnos puedan ver la forma correcta de hacerlo? Por lo menos a mí me parece que la segunda estrategia es más provechosa. Ahora, si lo que se quiere es construir una mejor sociedad, ¿qué es más útil, mostrar casos de, por ejemplo, personas que han logrado grandes cosas a través de la honestidad, o reconstruir con minucia casos de corrupción? De nuevo, me parece que son más útiles los ejemplos positivos; sin embargo, quienes dirigen los medios de comunicación parecen creer que es más importante denunciar que aportar ideas constructivas.

En el marco de una discusión metaperiodística, me parece de vital importancia que quienes producen la información tomen conciencia de esta situación, pues los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad social, no solo porque deben vigilar a las instituciones y servir para la difusión de ideas necesaria para la democracia, sino porque la información que difunden contribuye a la construcción de imaginarios colectivos y, en últimas, a la construcción de la realidad misma en la que vivimos. En efecto, la información que proporcionan los medios de comunicación juega un papel muy importante en la forma como las personas configuran sus ideas acerca de la sociedad en que viven, y si a esto se suma que dichas ideas se ven reflejadas en la manera como se comportan las personas, se puede concluir que los medios de comunicación tienen consecuencias importantes con respecto al comportamiento de las personas y, por tanto, con respecto a la realidad que estas construyen.

La importancia de las buenas noticias se fundamenta, por una parte, en el rol que los medios de comunicación juegan en la construcción de la realidad, y por otra, en el principio planteado al comienzo, según el cual aquello a lo que se le da mayor visibilidad tiene mayores posibilidades de ser replicado que aquello a lo que no se le da visibilidad. No es de extrañar, entonces, que en Colombia haya una fascinación con el narcotráfico y el dinero fácil, pues los medios de comunicación (tanto en los noticieros como en las novelas) se hayan repletos de historias de capos, políticos corruptos y asesinos; se trata de protagonistas oscuros, sin duda, pero el hecho  de que sean oscuros no impide que se erijan como modelos, y tampoco impide que sus logros sean percibidos como objetos de deseo.

¿Quieren que un candidato gane las elecciones? Entonces no paren de hablar mal de él; no hay mejor publicidad que esa. ¿Quieren que no gane? Ingnórenlo. Sin darse cuenta, los medios dedican grandes cantidades de talento para hacerle publicidad a aquellas conductas que condenan. Y les parece que esta función es muy importante, bajo la ilusión de que dicha difusión puede ayudar a disminuir tales conductas.

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que no se deba informar sobre las cosas malas que suceden; de lo que se trata es de cambiar el enfoque. ¿Qué va en la primera página?, ¿qué va en la franja central del noticiero?, ¿cuánto tiempo y espacio se le dedica a cada tema? Hasta ahora las buenas noticias, que podrían ayudar a la sociedad mostrando ejemplos dignos de ser repetidos, son relegadas y fusionadas con las secciones destinadas a los chismes y a las historias curiosas. ¿Bombas y muertos? Primera plana. ¿Noticias buenas? En la sección de relleno. Cambiar esto sin duda tendrá un gran impacto positivo en la sociedad, pues le enseñará a la gente a disfrutar y a apreciar las cosas buenas que suceden a su alrededor, y esto es fundamental para lograr que esas cosas se multipliquen. Algunos dirán que las malas noticias son las que mejor se venden, pero creo que la responsabilidad de los medios debe ir más allá de las demandas del mercado y que la gente puede aprender a disfrutar de las noticias positivas.

Finalmente, imaginen que llegan por la noche a cenar con sus familias. ¿Cuál sería la mejor manera de terminar el día, preguntarse entre todos qué cosas malas les sucedieron en el transcurso del día y no parar de hablar de ello? ¿O tal vez centrar la conversación en los momentos felices del día, sin ignorar pero sin darle importancia exagerada a los acontecimientos dolorosos?

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