Ya no hay que parecerlo, hay que serlo

Es como tener un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad, decían unos. La carrera de las reinas, decían otros. Eso lo estudian mientras consiguen marido, añadían otros cuantos. Estaban hablando de la Comunicación Social como pregrado. Si bien podían estar incurriendo en una generalización bastante ofensiva, la diversidad de los cursos obligatorios en algunos de los pensum pareciera confirmar al menos la primera aseveración.

Saben de todo. O al menos eso dice su trayectoria académica. En últimas la academia estaba ya graduando periodistas polivalentes. Sin embargo se forjó el mito que en realidad saben de todo, pero nada lo saben bien. ¿Cuál sería entonces la exigencia del periodista actual si siempre se ha formado como polivalente? y más importante ¿no se estará corriendo el riesgo de perpetuar el mito del periodista como una persona con un mar de conocimiento poco profundo?

Para la primera pregunta ya no es cuestión de formación y de mostrar sus diplomas sino de ir un poco más allá. Ya no hay que parecerlo sino serlo. Muchas veces la formación no implica la práctica. Así como un ingeniero civil no tiene que saber toda su vida sobre pilotes el periodista no tenía que estar al tanto de lo audiovisual, lo escrito, lo editorial. Pero ahora para conseguir trabajo hay que saber y estar al día en todos los aspectos. El problema es que ahí se corre el riesgo de hacer cierto el mito. Es muy posible que antes no lo fuera, que simplemente existiera tal mito por el sentido de superioridad del académico que veía en los escritos periodísticos una superficialidad que no correspondía con el conocimiento del especialista, un conocimiento que no tiene porque tener el lego, el lector, el espectador.

El periodista de hoy no solo tiene que seguir saltando de historia en historia y conocer de muchas cosas, tiene que saber como transmitirlas de diferentes maneras. A no ser que se familiarice con las herramientas de comunicación como lo hace el carpintero con su martillo, cada historia sera un gran reto, no solo por la historia sino por la forma de contarla. La herramienta deja de ser solo el micrófono, la cámara o la máquina de escribir. Si no aprende a ser un carpintero que conoce, adora y sueña su martillo tanto como con su puntilla, su lija y su cortador, el mito será una realidad. Y al final el periodista terminará chapotenado en su mar de conocimiento y ya ningún esfuerzo valdrá para parecerlo.

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