Internet en el tiempo de la comedia irreverente

En Internet y el cerebro: una guía para periodistas, de Alberto Cairo, se encuentra el recorrido de lo que puede ser una lectura pesimista del presente. Y como de este presente no puede hablarse si pensar en la internet, podría decirse que se trata de un compendio de lo más pesimista frente a la web y frente a sus usuarios, que empiezan a tratarse con valoración menor, frente a generaciones de información del pasado, desde el punto de vista de la generación de conocimiento.

El acierto del artículo es apuntar hacia aquello que en cierta forma desvirtúa las motivaciones de ese pesimismo, sobre todo develando los mitos que sostienen la idea de que las generaciones de información actuales son superficiales, sin pretensión de constancia: que no profundizan, que no generan contexto, que no construyen relaciones interpersonales, que son dispersas, etc. Considero que parte del acierto de esta desmitificación surge del rescate de la “inteligencia”, no como un fenómeno único y con un solo significado, sino como uno polifónico, contextual y temporal, que puede ser reinventada y revalorada según el tiempo, y sobre todo según como cierto conjunto de pensadores le den significados desde sus herramientas y sus prácticas.

Valorar casi moralmente una condición de inteligencia, desde parámetros particulares definidos –incluso cientificistas como los expuestos en el artículo– no es nuevo; recuérdese cómo desde nuestras épocas coloniales hasta nuestros días se ha juzgado los métodos de producción de conocimiento o de información de grupos marginados (pobres), rurales (campesinos), alternos (excluidos), asegurando menor capacidad, menor eficacia, menor rigor, e incluso presencia de analfabetismo, ignorancia o falta de educación; de nuevo induciendo a que la inteligencia “digna” es una sola, e igual son unas solas las formas de su producción y difusión.

Ahora bien, valorar las producciones y los usos del conocimiento desde parámetros que parecemos considerar universales (siendo apenas particulares) no es simplemente un error de lectura o de análisis. A esa práctica le subyace algo que el artículo no parece advertir, y es la idea de que las formas de producción del conocimiento y de la información, sobre todo las normas que lo validan y lo certifican como “idóneo” o “deseable”, son las mismas que garantizan su control, es decir son las mismas de las que se valen los grupos que lo controlan para no perder ese lugar privilegiado. Los conglomerados de medios tradicionales no quieren perder el control de la información, los grupos científicos no quieren que cualquier cosa sea ciencia y los ilustrados quieren seguir legislando los patrones de la alta cultura; todos ellos se valen de mantener intactos las formas de producción de información, ciencia y cultura, así como los parámetros de evaluación. Pero la internet es lo que más los reta y los pone en entredicho, y por eso son quienes en general procuran su crítica, así como el enjuiciamiento de sus usuarios.

En este orden de ideas, puede uno asegurar que no es cierto que hoy las generaciones sean más estúpidas o superficiales por usar la web en su producción de conocimiento e información, pero no tanto porque la noción de “inteligencia” deba ser re-elaborada desde las propias innovaciones y cambios de los tiempos –como parece mostrarlo Cairo en su escrito–, sino también porque estas generaciones son juzgadas desde los parámetros de control y de validación que son de otro de tiempo, pero además son manejados por grupos precisos. Son generaciones irreverentes más que estúpidas, pero son tiempos que llaman estúpido lo irreverente.

Y es que ahora el nivel de inteligencia, tanto en su profundidad como en su capacidad funcional de leer contextos, no podrá ni siquiera ser definida por sectores exclusivos de la ciencia, los medios de comunicación o de la cultura. Incluso ahora la internet, si es bien usada, sin buscar homogeneidad en la información a partir de la invisibilización de contenidos disidentes (“ciberbalcanización” según Parisier), puede generar ciudadanos con mayor capacidad de entender, no que “inteligencia” puede ser cualquier cosa –porque es un hecho que desde cada lugar se defenderá la noción propia–, sino que son muchos los contextos y las prácticas de conocimiento, cultura e información que pueden redefinirla, sin tener que caer en el juzgamiento o la moralización de esas otras formas de pensar lo inteligente.

Finalmente podría decirse que cada tiempo no solo viene con su métodos de conocimiento sino con su propio lenguaje, y que si el lenguaje es más banal no quiere decir que los métodos no puedan llegar a ser usados, un día, en lenguajes más activos o trascendentes. Es decir: si la internet ha venido siendo usada para tareas que parecen superfluas, no siempre tendrá que ser así. En la historia también la escritura y la música han tenido su tiempo de banalidad y no por eso dejaron de ser motores de los trascendental en otras épocas.  A veces nos cansamos de tanta tragedia, de tanta seriedad y tanto deseo de lo eterno, y nos pasamos a la comedia, a lo burlón y a lo fútil. Y quizás la internet nació por coincidencia en una época de comedia: ya le vendrá su papel en la tragedia. Aunque ni siquiera la comedia es menos por ser comedia, es sólo que trae otro lenguaje y otro mensaje que también hay que saber dar y escuchar. Ya dicen por ahí que todo chiste es chiste porque tiene su dosis de verdad.

Advertisements


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s