Pedagogía desde la ética.

Cualquier intento por pensar en la labor pedagógica de los medios de comunicación, debería dirigirnos a reflexionar, antes que otra cosa, sobre las apuestas éticas que se proponen desde los distintos medios. Y hablo de la ética no en la forma en la que se invita a practicar el oficio de una u otra forma, o que dice que no todo es válido en las búsquedas y las comunicaciones de información, hablo de la ética como el conjunto de valores y de sentidos que un medio de comunicación establece en su conciencia de sujeto (colectivo e individual) inmerso en contextos sociales y políticos concretos, y a partir de los cuales editorializa, enmarca y postula sus estilos.

Los medios, diríamos que inevitablemente, cuentan con postulados éticos claros que surgen de las mismas pretensiones que alimentan su actividad: “informar la verdad”, “hablar de lo que nadie habla”, “darle voz a los que no tienen voz”, “contar el poder”, “mostrar la otra cara”, cada una en cierta forma refleja el conjunto de versiones de lo que se quiere hacer al informar; porque “informar”  no es una acto que se explica por sí solo y allí es donde aparece el deseo, la apuesta ética.

En el momento en el que esa ética se deja ver, y se hace visible a partir de la efectividad y el reconocimiento entre las audiencias, ésta comienza a determinar no solo el enfoque de los contenidos, que es lo casi obvio, sino que además sirve como referente de lo que entiende el medio por labor pedagógica. Porque la pedagogía tiene que contar con referentes u objetivos para el medio, y qué mejor que sus apuestas éticas sirvan como factor de medida.

Pensar en una pedagogía en abstracto, sin referentes o marcos, es peligroso en la medida en que se puede terminar hablando de una labor desideologizada, que en últimas lleva a incitar a un solo modo de hacer pedagogía o a una supuesta neutralidad en la tarea de “ilustrar” las audiencias; como dando a entender que hay una sola forma, una sola educación, un único modo correcto. De allí tan importante que las valoraciones pedagógicas se provean desde la misma filosofía del medio, y sea éste, desde su honestidad y su fidelidad a sí mismo, quien provea sus propios parámetros de éxito y evalúe, por qué no, los de los demás.

Visto lo anterior, sobra advertir que comparto la posición de que los medios de comunicación tienen posturas políticas. Podría decirse que sus apuestas éticas, por sí mismas, en la medida en que expresan una versión de sociedad o de “deber ser” social, ya marcan de alguna forma la inclinación política del medio. Sin embargo, refiriéndonos al tema de la pedagogía, prefiero hablar de posturas éticas antes que de preferencias políticas puesto que lo último tiende a llevarnos hacia nociones electorales y partidistas, mientras que lo primero nos mantiene en el rango de las visiones de sociedad y de los deseos comunitarios, lo cual trasciende lo simplemente institucional. Una pedagogía del medio desde lo electoral y partidista se convierte en proselitismo y adoctrinamiento, una pedagogía desde lo ético-político es una oportunidad de construir al ciudadano informado, al menos el ciudadano deseado por cada medio que apuesta.

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